Josh suspiró profundamente, pues no había descansado bien.
Los incesantes ruidos fuera del despacho en el que se atrincheraba eran un
impedimento para tener un sueño confortable. De todos modos, para cuando
amaneció, el reggae ya no formaba parte del cúmulo de sonidos del lugar, lo
cual significaba que los perroflautas se habían desplazado. Los rayos del sol
entraban por una ventana con barrotes, cerrada y tapada por una tela oscura,
pero nada de esto impedía que el sol se hiciera notar en aquel despacho. Josh levantó
los brazos, se estiró, y una vez hubo despertado su cuerpo, se quitó los
tapones de los oídos. Equipo básico de supervivencia. De no haberlos llevado,
los decibelios de aquella música infernal al otro lado del despacho hubieran acabado
con él. Metió la máscara de gas en una de las mochilas, pues la había dejado
encima de la mesa por si hubiera sido necesario utilizarla.
Salió del despacho con cautela. El olor a marihuana inundaba
el lugar. Una vez comprobó que no había nadie, suspiró y se puso manos a la
obra. Cogió toda la comida que esas alimañas no se habían comido. Se acercó sin
mucha fe al estante de los ganchitos, sólo para descubrir que quedaba un
paquete. Quedaba un paquete de ganchitos. Una lágrima recorrió su rostro. Hacía
meses que no había ni siquiera visto un paquete de ganchitos, al menos, sin
abrir. Intacto. Eso le alegró la mañana, el día empezaba bien. Demasiado bien.
Lleno ambas mochilas con toda la comida que pudo y salió del supermercado con
una sonrisa de oreja a oreja. Un paquete de ganchitos, sólo para él. Un jodido
paquete de ganchitos.
Josh salió del supermercado despacio, mirando para todos
lados. Nadie. Aún así, no quería permanecer al descubierto mucho tiempo, pues
sería correr un peligro innecesario. El supermercado hacía esquina en un cruce
de tres direcciones. La calle estaba hecha un asco, con basura por todos lados,
coches empotrados contra todo aquello con lo que un coche podría empotrarse,
paquetes de ganchitos vacíos, porros, gomas para el pelo, condones…un asco.
Josh estaba lejos de su destino, por lo que empezó a correr hacia la
izquierda, esquivando la basura, en
dirección a las afueras de la ciudad, a los barrios mediocres, como él los
llamaba.
Tras un rato, se sacó el móvil del bolsillo y mientras
corría, busco en su agenda un número y llamó. Después del tercer tono, colgó.
Tres tonos significaban parsimonia, calma, tranquilidad. Significaban que
podías permitirte desperdiciar el tiempo en esperar al tercer tono. Entonces, a
unos doscientos metros, una puerta se abrió y una figura oronda se asomó. Le
hizo señas con la mano, y al llegar Josh le chocó los cinco, para luego cerrar
la puerta y adentrarse en aquella casa.
Josh se adelantó y comenzó a bajar las escaleras mientras
que la figura que le había abierto la puerta se encargaba de fortificarla otra
vez. Una vez hubo hecho esto, comprobó la seguridad del resto de puertas y
ventanas de la primera planta. Todo estaba como debía estar, se dijo. Las
ventanas estaban entablilladas y las puertas con muebles que entorpecieran una
posible entrada furtiva. Todo estaba como debía estar, se repitió a sí mismo.
—He vuelto Lamarck—dijo Josh mientras bajaba las escaleras
con parsimonia—.
—Dime que has encontrado algo interesante, por favor.
— ¿Quién es ese?—preguntó Josh mientras se sentaba en uno de
los tres sofás que había en el sótano y señalaba con el dedo a una persona
desconocida para él.
—Ah, este es Eric. Es un buen amigo mío que ha resultado
seguir con vida, y le he ofrecido quedarse con nosotros. Ya sabes, cuántos más
mejor.
—Sí, claro, por supuesto. Yo soy Josh, encantado.
—Sé quién eres, Josh Connor. Quiero que sepas que tengo un
muy buen oído, y más de una vez he escuchado cómo te burlabas de mi sobrepeso.
No te tengo en demasiada estima.
— ¿De verdad? Ni lo recuerdo, ni te recuerdo. Pero es
normal, y puede ser posible. Si alguna vez nos hemos cruzado es probable que me
haya burlado de ti. Siempre me río de la gente que no conozco—respondió Josh
con una sonrisa distraída, con un rostro despreocupado que indicaba lo poco que
le importaba haber herido a su ahora nuevo rechoncho compañero.
—Encantador—repuso Eric con una mirada fulminante.
Pero realmente Eric era gordo. Era muy gordo. No hasta el
punto de ser obeso mórbido, ni hasta el punto de que caminar para él se haya
vuelto una tarea titánica. Pero era gordo. Podías verle a una manzana de
distancia. O a dos. Podías verle desde el espacio. Era un punto arbitrario
mundial de señalización. Era visible. Era gordo. Muy gordo. Y no sólo eso. Su
cabello parecía haber sido el experimento abortado de un peluquero con lepra.
Corto, castaño, y horrible. Sus puntas salían para todas partes. Quizá en otra
persona hubiera pasado desapercibido, pero para alguien tan grande como él, era
imposible. Era como una zanahoria gorda. Tenía pelo de zanahoria. Vestía con un
jersey caqui y unos vaqueros anchos, es decir, parecía un pijo, y probablemente
lo fuera. Sus rasgos faciales eran los de un gordo promedio. Cara redondeada,
cejas anchas, ojos penetrantes y una boca grande de labios gruesos. Veredicto:
repugnante.
Por otra parte, el sótano era muy acogedor. Era lo
suficientemente espacioso como para que cupieran tres sofás grandes, una
lavadora, sobre la que había una freidora, y aún sobraba sitio para otras
muchas cosas, como una esquina con un mueble de ropa sobre el que reposaba un
televisor mediano. Las paredes no estaban pintadas, pero también era parte de
su encanto. Tenía pinta de base, y ellos se sentían más seguros viendo los
ladrillos que la conformaban. Los tres sofás estaban dispuestos en dirección a
la tele, pero dos de ellos de forma un poco más lateral respecto al central.
Precisamente en el sofá central, el único que quedaba libre,
fue en el cual se acomodó Toby, el joven que se había quedado en la planta
superior comprobando que todo estaba como debía estar. Toby era el amigo de la
infancia de Josh. Tenía melena dorada lacia, sedosa. Un pelo perfecto. Tenía un
rostro atractivo, de facciones afiladas y vestía una camisa negra de uno de sus
grupos de música y unos vaqueros ajustados. En el brazo derecho llevaba su
inseparable pulsera de pinchos, la cual no se quitaba ni para bañarse. Es un
regalo especial, decía él siempre. Vamos, un heavy típico. Demasiado típico. Un
poser. Josh siempre le criticaba por eso. Por otro lado, Lamarck era más
normalito, menos modélico, y no por ello era desagradable a la vista, sino más
bien lo contrario. Su pelo castaño medio largo hacía una formidable pareja con
su rostro alegre y desenfadado. Las gafas ayudaban a que esa imagen de chico
bueno e interesante se afianzara. Vestía más o menos como Josh, con ropa
comprada siempre en rebajas, y esta vez llevaba una sudadera con capucha llena
de formas y figuras de color rojo y negro.
Así pues, una vez todos se hubieron sentado, Josh empezó a
enseñarles lo que había recogido del supermercado, mientras Lamarck lo iba
acomodando en una de las esquinas destinadas a la comida. Obviamente, Josh no
sacó el paquete de ganchitos, el cual mantuvo en la mochila escondido, fuera
del alcance de cualquiera de sus amigos.